Javier Arce visitará Madrid estos días con motivo de su exposición Doblar la tierra, enunciado de un proyecto en continuo proceso que coincide con una experiencia vital de apertura- y no de aislamiento como se podría presuponer- a raíz de un nuevo modelo de vida y trabajo. Su cabaña pasiega le ha proporcionado un amparo al margen de una sociedad vigilada y de un estado de crisis permanente. Un terreno fértil que incita a la experiencia, a la acumulación de tiempo eludiendo la emboscada del espectáculo y de lo efímero, pero sin refugiarse en la concepción romántica del paisaje y alejado de una posición anacoreta. Arce no reniega de la metrópolis, sabe que la interacción es necesaria y fructífera; la ambivalencia de la cabaña, a medida del cuerpo, le proporciona corporalidad, fuente para crear empatía y solidaridad.
 
Es en la interacción y en la apropiación dónde reside gran parte de la riqueza de esta exposición. Tres palos producidos por la artista Belén, revestidos con paños de pintores españoles contemporáneos, hacen de soporte a creaciones de Javier cargadas de referencias a lo colaborativo: un vaso de leche cubierto con una servilleta diseñada por Louise Lawler para una muestra colectiva en el Dia Beacon, un libro del fotógrafo documental Jean Mohr con textos de John Berger reconvertido en un collage, o un vídeo aparentemente ralentizado en el que Arce y Maureen Tsakiris se apropian de una ilustración perteneciente al libro Guide to Easier Living del diseñador americano Russel Wright y su esposa, Mary Small Einstein. En estas obras hay alusiones a la vida rural pero también a los comportamientos actuales en los sistemas de producción y difusión del arte contemporáneo.
 
Las obras que podremos contemplar en esta exposición no son recursos inmediatos, no encierran el subterfugio del objeto encontrado. Muy por el contrario, están sedimentados con su comprensión y su uso. Ese roce constante con los cuerpos es lo que conecta con la práctica más conocida de Javier: el dibujo. En sus composiciones la gama de grises evita el impacto instantáneo de la imagen. Para su realización Arce utiliza la ceniza espolvoreada del fuego con el que se calienta, rozando el papel y creando imágenes lentas. El tiempo mide el trabajo que produce. Ese ha sido siempre el objetivo de Javier, en palabras de la comisaria y crítica Mónica Carballas:  “conferir un tiempo a una imagen que ya lo ha perdido”.
 
Hace unos días llamé a Javier, para preguntarle si realmente quería exhibir la planta de la cabaña del cineasta Derek Jarman que reprodujo ensamblando palos de carboncillo. Me preocupaba el hecho de que no la hubiera llevado a su última exposición en Estados Unidos; hacía meses que unas arañas que habitaban la frágil escultura habían tejido otros planos en el espacio. ¿El incidente había subvertido la idea original de la obra? ¿Estaba Javier simplemente respetando el orden natural? “¿Traerás la escultura a Madrid?”, a lo que contestó: “No lo sé”. Más tarde, he recordado con mucha nitidez que, cuando descubrí los hilos de araña sobre la pieza en su estudio en Esles, Javier indicó: “Ya no pasan por ahí, no sé si volverán”. No es cuestión pues, de una problemática centrada en el emplazamiento, de desplazar al animal de su contexto. Comprendo ahora que el verdadero protagonista es el tiempo: podría decirle a Javier que embale la obra de inmediato si las arañas no han vuelto a pasar, pero creo que es un tiempo que pertenece únicamente a la propia obra.
 

Javier Arce (Santander, 1973). Graduado en Técnicas de Estampación en la Escuela de Artes Aplicadas de Oviedo y Licenciado con Honores en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco. Recibió su maestría en Escultura de la Escuela de Bellas Artes de Wimbledon, Londres. En 2008 le fue concedida una beca por el International Studio y Programa Curatorial (ISCP) en Nueva York y el Premio de la Fundación Marcelino Botín de Artes Plásticas en el 2006. Ha expuesto en el CAB, Burgos; MUSAC, León; Nuevo Museo de Arte Contemporáneo, Zagreb; CA2M de Móstoles, Madrid; ARTIUM, Vitoria, el Espai 13 de la Fundación Miró, Barcelona,y el Espai Quatre, Casal Solleric, Mallorca. Su trabajo está presente en numerosas colecciones como la de Caja Madrid, la Fundación Marcelino Botín, el Museo ARTIUM, la Fundación Coca-Cola, el Museo de Bellas Artes de Santander, el CAB, el MUSAC, la Fundación El Monte, la Comunidad de Madrid, la Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación La Caixa, el IVAM o la colección DKV.