Mis ojos ven sueños





















Nota de prensa
Que nadie duerma
Hace no mucho, la memoria familiar gravitaba en torno a un tótem: el álbum, un dispositivo capaz de retener, entre páginas autoadhesivas, los azares de varias generaciones. Tomo uno: el noviazgo de papá y mamá, el primer retoño; tomo dos: bautizo, aula de párvulos, segundo embarazo, primeras vacaciones en el mar. Tomo tres: suma y sigue. Estas intimidades encontraban en el álbum (un artefacto felizmente limitado por su fisicidad) una promesa de seguridad: suspendidas en ese limbo plastificado, los recuerdos quedaban solo al alcance de sus aludidos; de los miembros del hogar.
La popularización de la fotografía digital cambió radicalmente el registro doméstico. Cuando una imagen puede ser distribuida infinitamente (más bien, cuando se produce para ello), conviene calcular minuciosamente qué y cómo se fija en cada instantánea. Así, uno puede recibir el retrato de un neonato —asunto, en principio, espinoso— sin que le suponga ningún sobresalto: basta con que la criatura haya sido representada en términos modestos y prudentes, es decir, adecuados para los estándares socialmente dominantes.
Después de trufar el libro con decenas de imágenes ajenas, Roland Barthes termina La cámara lúcida escamoteándonos la fotografía de su madre en aquel invernadero. Lo hace, entiendo, para librarnos de una decepción: por más que la escrutásemos, no hallaríamos en ella lo que encuentra el autor. Peor: tras leer sus disertaciones y confrontarlas con el referente que las alumbró, bien podríamos sentirnos embaucados. Pienso en este hiato al considerar los cuadros de esta exposición. En cuánto se me escapa de la vida de estas durmientes que contemplo con doble incomodidad (primero, la del extraño; luego la del intruso). Queriendo rehuir cualquier imputación (¿qué hago observando a unas niñas que descansan?) empiezo a convocar en mi espantada toda clase de amenazas: me pregunto si realmente dormirán («to die, to sleep, to sleep, perchance to dream; aye, there’s the rub») o si esa quietud es la antesala de algo terrible. La calma que precede a la tormenta, etcétera, etcétera.
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Pululando por algún mercadillo, quizás he sentido la tentación de rescatar —a cambio de unos pocos euros— el reportaje de bodas de algún desconocido (o el viaje a Torremolinos, tanto da). Meterlo en un sobre y cerrarlo, para preservarlo del escarnio de los desconocidos.
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«Una lenta humildad penetra dentro del cuarto | que habita en mí en la palma del reposo». Comentando estos versos de Tristan Tzara, Gaston Bachelard añade: «La intimidad del cuarto pasa a ser nuestra intimidad. […] Ya no lo vemos. Ya no nos limita en el fondo mismo de su reposo. […] Todas las habitaciones de antaño vienen a encajonarse en esta. ¡Qué sencillo es todo!». Repasando las fotos de mi infancia, noto que puedo reconocer los fondos. Aquí, el patio de la casa de mis abuelos; allí, el dormitorio de la casa de mis padres. Yo varío, pero el espacio persiste. Trato de hacer lo mismo con las imágenes que almaceno en mi teléfono (y este en la nube, ubicación imprecisa y desguarnecida, siempre a la vista de quien que pueda asaltarla) y, a veces, no logro adivinar la estancia. Parecería aquel piso de…, no, fue en este otro. Recurro, vulgarmente, a la geolocalización para salir de dudas. No hay hogar entre mudanzas y la memoria se descoyunta sin asideros. ¿Quién puede reposar entre tanta agitación? Examino, envidioso, los rostros calmados, deseando que no haya tras ellos más de lo que simplemente percibo.
Joaquín Jesús Sánchez