Es francamente difícil orientarse en un mundo donde la catástrofe impregna nuestros tejidos emocionales, intelectuales y físicos. La posibilidad de quedarse quieto, inerte, ciego o pasivo está siempre ahí, tentándonos en nuestra rutina. Encontrándonos en sitios inesperados, la decadencia lenta nos atrapa como observadores ensimismados de una realidad que desborda al cuerpo. Permanecer quietos, mirando, es una respuesta continua ante una realidad implacable, rápidamente cambiante, y como tal, siempre estamos negociando un espacio de familiaridad al cual poder agarrarnos.
 
En la serie de pinturas de esta exposición, iniciada en una cabaña del norte de España, la naturaleza no siempre aparece como un espacio de familiaridad, sino como un personaje más, a veces aliado, a veces esquivo, cambiante y difuso. Cada una de las obras ‘‘Sobre lo cercano’’ es propensa a traer a la mente un territorio rural. La paleta terrosa y taciturna que domina la serie, y sus breves destellos de color evocan atmósferas brumosas y maestros como Corot y sus colegas de la Escuela de Barbizón, aunque el espectro de paisajes crudos y a menudo despojados puede ser más apropiada para la geografía de una película neorrealista en la que el paisaje es a la vez fondo y figura. Hay una cualidad de quietud en ellas, una inmovilidad callada, que es particularmente llamativa y desgarradora. Desde la casa de un vecino reducida a una geometría mínima a la silueta de una figura al sol, este cuerpo de trabajo no parece representar la totalidad de un espacio figurativo, sino que se deshace en una abstracción comedida. Porque la naturaleza que representa, no es plena ni idealizada, sino subjetiva y fragmentada al punto de lo inquietante. Tomando lo concreto de su entorno rural, Arce genera una economía de medios que convierten lo inmediato en el centro del trabajo: sus bastidores de troncos sin tratar, la iconografía de una ruralidad inmediata, momentos fugaces atrapados en un juego de luces y colores. Tan cuidadosamente confeccionadas como lo están saturadas de una cierta frondosidad, las pinturas, de una escala generalmente pequeña, son también una pulsión repetitiva en la indagación del color y la textura.
 
Para esta exposición, Arce presenta un conjunto de nuevas pinturas que atienden a una forma de habitar donde la quietud parece impregnarlo todo. Una mancha verde flota sobre el lienzo de lino, pero la intensidad del verde modula: va desde lo templado a lo eléctrico. No es lo mismo marzo que septiembre; el musgo húmedo y el seco pulsan con distintas ráfagas de luz. Las explosivas atmósferas de una realidad tan cercana y tangible desbordan un mundo de texturas que solamente parece habitable desde el deseo, la inmediatez o el sueño.

 

Javier Arce ( Santander, 1973) es licenciado con Honores en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco y tiene un Máster en Escultura por la Wimbledon School of Fine Art de Londres. En 2006 recibió el Premio de la Fundación Marcelino Botín de Artes Plásticas y ha sido galardonado en el año 2018 con las becas Leonardo de la Fundación BBVA a Investigadores y Creadores.  Su obra está presente en colecciones como Caja Madrid, ARTIUM, Fundación Coca-Cola, Museo de Bellas Artes de Santander,  CAB Centro de Arte Caja Burgos, MUSAC, Fundación El Monte, Comunidad de Madrid, Colección de Arte Contemporáneo de la Fundación La Caixa, IVAM, la colección DKV o la Fundación Botín.

 

Texto de Alejando Alonso Díaz.